martes, 21 de febrero de 2012
domingo, 19 de febrero de 2012
domingo, 16 de octubre de 2011
Mozart hasta el culo de cerveza.
No conseguimos dejar de asombrarnos, cada vez más a menudo, de esos comentarios, reflexiones o incluso discursos “de pretendida tendencia” que suavemente se alejan de la cocina de vanguardia para acercarse peligrosamente al “producto” y la simpleza culinaria como “verdadero” disfrute, vindicación de “autenticidad”, línea argumental de “futuro” y hasta “secreto deseo” de los chefs más intelectuales. Mozart poniéndose hasta el culo de cerveza y escuchando canciones tabernarias con fruición, imagino ahora mismo que estoy escuchando su concierto de flauta nº 2 en re mayor.No vamos a ser nosotros precisamente quien neguemos aquí el placer de unas gambas a la plancha o del Touch to much de los AC/DC a toda hostia en el ipod. Pero mucho menos vamos a prescindir de las experiencias Roca, Aduriz, Dacosta, Morales, Alija o Torres o de tener un viaje onírico con Satie. Lo sabemos, no acabamos de entender el juego. O sí. Es una tesis parecida a la de la lectura best seller: aquellos que alegan preferir “un libro ligero, sin complicaciones, porque me quiero divertir” frente a quienes, y ahí me pongo al frente, nos “divertimos” con algo denso, complejo y “¡divertido!” Cada uno se solaza como quiere, desde luego, o… puede. Nosotros nos lo pasamos de muerte con Kafka, y cada vez que hemos intentado alguna frivolidad de moda efímera nos hemos hastiado soberanamente. Es fácil de entender. Uno empieza con Blyton, Crompton, Hergé, el Víbora, London, Salgari, etc. y va subiendo hacia los clásicos y Papini y Borges y Hawthorne y Joyce, por poner algunos ejemplos, y de esta suerte, es decir, sofisticando la mente, llega a dichas superiores que, por su creciente complejidad, exigen más, sí, pero proporcionan también gratificaciones más elevadas. Y de acuerdo, mola pillar un Tintín y deleitarse por un rato; pero no considerar que es necesariamente mejor que Lovecraft y menos todavía esconderlo para “disfrutarlo en secreto” mientras disimulamos con Camus. Amigos, a nosotros Camus, aparte de diferente, claro, nos parece mucho más entretenido y lúdico que el cómic belga.
Y así podríamos extrapolar a la gastronomía. Comenzamos con las pipas y las palomitas y acabamos con los cacahuetes miméticos o la deconstrucción del peach melba. O sea, educamos nuestro cerebro para discernir y regocijarnos con estructuras más complejas que nos dan paisajes más amplios de satisfacción, más gusto intelectual. Lo contrario de quienes prefieren bajar el nivel para “estupidizarse” con lo más sencillo, aquello que no conlleva esfuerzo pero que tampoco nos va a llevar a estadios superiores de sinapsis placenteras.
Creemos entonces en el imperativo categórico de la investigación y la creación, y lo creemos, si queréis, desde el egoísmo, porque no quisiéramos acabar muriendo sobre una fuente inacabable de aburridas lentejas con chorizo. Hemos dedicado buena parte de nuestra vida a aprender y a vivir hedonismos superiores, y siempre vamos a querer más justamente para conseguir más gozo.
Nosotros estamos a muerte con los pocos que aún se atreven a crear y a provocar. Los que nos hacen interrogarnos, pensar, imaginar nuevos colores.
No estamos con los conformistas fáciles ni los aburguesados ni los ignorantes sinceros ni los estúpidos concienzudos.
Estamos, en definitiva, con los que nos “divierten”.
sábado, 15 de octubre de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
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martes, 7 de junio de 2011
Editorial COOKCIRCUS nº 00
"REDUCTIO AD ABSURDUM"
La ruidosa irrupción de Twitter en el mundo de la gastronomía, jaleada por la dichosa tableta de Jobbs -¿quién no ha tenido al lado, en algún congreso, a alguien que se dedicaba nerviosamente a teclear estúpidas frases intentando captar la magia de un chef en un simple titular de 140 caracteres-, me sitúa en un dilema personal, en un conflicto moral “entre el amor y el honor”: ¿es esto el nuevo periodismo o, simplemente, una forma posmoderna del cotilleo de toda la vida? A mi juicio, difícilmente se puede comunicar algo mínimamente complejo con los fatídicos 140 caracteres; pero, ¿es este formato el futuro horizonte de la comunicación? Twitter es una herramienta potente, muy ágil y potente para determinadas funciones comunicativas y expansivas, cierto, lo hemos visto recientemente en ámbitos políticos y bélicos; pero, ¿no es acaso también, en contextos que requieran analítica, sutileza y matiz, una desoladora simplificación, una banalización, incluso una estupidización de la realidad? Creo que sí. Si convertimos la información en sencillas píldoras “aptas para todos los públicos”, en ingeniosos chistes inmediatos e interactivos, en reducciones conceptuales imposibles o en sentencias absolutamente descontextualizadas e inconexas, entonces estaremos abonando el terreno de una futura ignorancia sináptica, de la desertización mental, de la aniquilación de la sofisticación intelectual…
¿Es posible relatar el nuevo proyecto de El Bulli a partir de frases entrecortadas de Adrià? Yo así lo he visto en el Ipad de al lado en Madrid Fusión. ¿Se puede entender la psicología positiva de Seligman a través de sus chascarrillos clickados apresuradamente? Así lo certifique con el tipo que se sentaba a mi vera en Diálogos de Cocina.
Estos no son periodistas, me diréis. OK. Son bloggers, fundamentalmente. Bien, no entraré ahora y aquí en la topología de los blogs en el paisaje de la comunicación gastronómica. Valga decir que, a pesar de ello (prometo abordarlo próximamente), esos “amateurs”, que son multitud, detentan también la responsabilidad de la comunicación de la realidad a sus respectivos fans, y esto no es baladí y debería vincularse a cierta ética.
Viendo el cariz que está tomando el tema de los tweets en nuestro sector, se me antoja estratégico, contra el simulacro y la fabricación espuria de realidad, rearmarnos de imaginación, de ontología y de certidumbre para poder seguir mirando los distintos fenómenos gastronómicos de forma amplia, curiosa, global, sinestésica, cromática, culta, analítica y, en definitiva (perdón) inteligente.
E imagino otras formas posibles aunque olvidadas de relatos gastronómicos donde nadie se detiene en la frase marketiniana, en el funambulismo momentáneo, en la instantaneidad como valor explicativo, en el impacto por el impacto, en el cuchicheo vecinal como certeza.
Ni en la exactitud de un punto de cocción, ni en el ditirambo personal, ni en la receta prolija, ni en la opinión “sabedora”, ni en la reconvención “sabia”, ni en la frialdad descriptiva.
Y entonces alucinamos COOKCIRCUS.
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